Beijing, la Ciudad Prohibida sigue vetada

Pekín o Beijing ha sido el punto culmen del Transmongoliano, un largo viaje que comenzó hace hoy veinte días en la lejana San Petersburgo y que me ha llevado a atravesar de Oeste a Este toda Rusia, bajando por Mongolia, con destino final la capital de China, el Gigante Rojo. En total disponía de cuatro días para explorarla. Cuatro jornadas con mucha ilusión y expectativas que, en su mayoría, se han tornado en decepción tras decepción.

¿El motivo? La conmemoración del 70 aniversario de la guerra antijaponesa. Una celebración que ha supuesto la paralización y clausura de todo el centro de la ciudad, desde la Plaza de Tiananmén hasta la Ciudad Prohibida. No he podido acceder al corazón de Beijing, al mausoleo de Mao, ni al mayor complejo de edificaciones antiguas de todo el país, donde vivieron las dinastías de los emperadores Qing. Si antes entrar sin invitación suponía la muerte inmediata, hoy vuelve a estar su perímetro cercado, durante todo el mes de agosto y la primera semana de septiembre. Justo coincidiendo con el pico de turistas que recibe Pekín. ¿Extraño, no?

La Ciudad Prohibida

La Ciudad Prohibida desde el foso.

Mi desencuentro con Pekín comienza en el mismo instante en que llego al hostel, reservado con un mes de antelación ya que era necesario para obtener el visado (ver anterior entrada: «Transmongoliano, preparativos para un gran viaje«). Las recepcionistas no hablan inglés. Usando un traductor, me comunican que por motivos del desfile militar no les permiten recibir visitantes extranjeros. Por lo tanto, me han anulado la reserva. Según ellas, me avisaron esa misma mañana por email. Obviamente no lo he recibido porque no tenía WiFi. Aquí, tampoco. Google y por extensión gmail es una de las tantas webs restringidas por el gobierno (al igual que Facebook, Instagram o Twitter). Tras quejarme, discutir traductor en mano… Me ponen al teléfono a un señor que habla un poco de español. Me dice que no me preocupe, que como no me llegó el aviso me van a dar otra habitación, en lugar de en el hostel en el hotel. Tengo que pagar en efectivo y cuando me llamen de Booking (donde reservé) decir que no me alojo allí. Surrealista.

Conseguido un techo para dormir las próximas noches, vamos a dar un paseo. Mi primer contacto es estremecedor. Todo el centro está limitado. Las calles principales, cortadas. Desde una esquina me coloco frente a Tiananmén. He pasado dos controles de seguridad en los que me han cacheado. Mi pequeña mochila tampoco se ha librado del escáner. No me puedo acercar más. Algunos turistas del país se retratan con el cercado. Otro rodeo, a ver si alcanzamos la Ciudad Prohibida. No hay manera. Estoy en el reino de la valla, donde el rey es el policía con el brazo en alto: «It´s blocked». Nos mandan dar la vuelta…

Beiging - acceso al perímetro central

Controles de seguridad en el perímetro a Tiananmén

Beiging - Tiananmen

Tiananmén: acceso cortado

Nunca he visto tanta policía y militares, diez por esquina. Ni tantas cámaras, vigilando cada ángulo. Todos los empleados, de la índole que sea, suburbano, hoteles, tiendas… Visten una banda roja en el brazo o sobre los hombros, con chillonas letras amarillas. En cuanto al metro, cada boca también está controlada. Por las telepantallas transmiten una y otra vez imágenes en blanco y negro. Se trata de documentales sobre la contienda. Me siento como un personaje de «1984». El Gran Hermano me mira desde los carteles del acristalado. Es más, si no fuera porque sé lo del desfile, pensaría que estamos en guerra.

Beiging - calle cortada

Calles del centro de Pekín

 

Beiging - metro

Metro de Pekín

Resignada, no queda otra que alejarme del duro núcleo y visitar durante estos días en la ciudad vetada lo que se pueda: el Templo de los Lamas, el Templo del Cielo, la Gran Muralla, el Palacio de Verano… De los que ya iré relatando en próximas entradas. ¿Lo bueno que obtengo? El privilegio de vislumbrar un cielo azul y nítido, poco usual en Beijing. Para que luciera así, el tráfico ha sido acotado y las grandes fábricas que la rodean se han visto obligadas a reducir su actividad a prácticamente cero desde hace un mes.

Beiging - Templo del cielo

El Templo del Cielo hoy lo luce de azul

El día del desfile se aproxima: jueves 3 de septiembre. La víspera me paseo por un Pekín apagado. Parece que alguien ha pulsado el botón de «off». Bares y restaurantes desolados; ni cadenas como Mc Donald´s escapan al mandato gubernamental. Toca buscar el mercado de los insectos. Obviamente, cerrado. Me quedo con la duda de a qué sabrá un escorpión frito. Otra decepción más. Ante la valla, nos encontramos con unos valencianos. Intercambiamos impresiones y nos desahogamos un poco la frustración. Podría ser peor, nos cuentan, unos amigos que se alojan en un hotel en el mismo centro les han prohibido salir al exterior desde su llegada.

Beiging - Mac Donals

Por fin es el gran día. Durante el desfile, no se permite pasear o acercarse a las arterias principales, por donde rodarán los tanques y los soldados de los estados amigos. Para asegurarse, han sido distribuido militares por cada calle, cada hùtóng. Por la TV del hotel vemos en el palco de invitados a Putin, a Maduro, a embajadores de varias potencias occidentales. Hasta al secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, contemplando el despliegue de las fuerzas armadas de China. En los pocos periódicos españoles no restringidos (El País totalmente, El Mundo algunos artículos, al igual que ABC) leemos que Japón ha presentado una queja formal. Aunque cambiemos de canal, en todas las emisoras aparecen las mismas imágenes. También desde nuestro refugio oímos los 70 salvas en forma de cañonazo. Los helicópteros y los aviones, dejando una estela de humo rojo y amarillo a su paso.

Beiging - desfile militar

Desfile militar de Beiging, aviones

Termina el desfile, pero el corazón de la ciudad sigue dormido: se han decretado tres días de «fiesta». Y, para mí, llega el fin del viaje. Regreso a casa con mal sabor de boca. No he visto las luces de los farolillos rojos alumbrando las entradas de comercios y restaurantes en los callejones. El humo de las extrañas viandas cocinadas al aire libre en los mercados y travesías gastronómicas. No he encontrado el alma de Pekín, su pulso, esa vitalidad e hilaridad de la que tanto me han hablado. Intento buscar una explicación lógica en mi mente de europea, que dé sentido a lo que ha pasado, pero no la hallo… Curiosa manera de celebrar una victoria, una fecha histórica. Cerrando durante más de un mes los principales monumentos. ¿Una fiesta para el pueblo pero sin el pueblo? ¿Un desfile sólo para verlo en la pequeña pantalla?

Sólo puedo decir que Pekín ha sido para mí una ciudad hostil. Prohibida, en su sentido amplio. Un cierre imperfecto para un viaje soñado, el Transmongoliano, en el que Rusia y Mongolia han excedido mis expectativas pero no así la capital de China. Beijing no es ciudad para turistas. Al menos durante estos días, donde la cara que he percibido ha sido la de la sede de un estado totalitario.

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Isabel
Invitado/a

Hola! Qué pena que te llevaras esta impresión de Pekín, aunque a mí me costó varias visitas hasta que llegó a gustarme, y mucho. He vivido tres años en Shanghai, y Pekín en realidad tiene mucha personalidad, lo malo es que se pasan con el tema de la seguridad. O… Leer más »

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