Celda de viajero

Casa - Museo de Machado en Segovia

La diminuta estufa de petróleo que yace junto a la cama apenas es suficiente para envolver con un toque de tibieza a la gélida estancia. Sobre la mesa, una pluma y varios manuscritos amarillentos. Una cómoda y un espejo cuadrado componen todo el mobiliario de esta «celda de viajero», habitación del sueño y vigilia del poeta, tenuemente iluminada por la luz natural que entra esta tarde de invierno desde la pequeña ventana, con vistas a los nevados tejados. Estoy en la Casa Museo de Antonio Machado en Segovia.

«Blanca hospedería celda de viajero con la sombra mía«

Casa - Museo de Antonio Machado en Segovia

Casa Museo de Antonio Machado en Segovia

Segovia, la ciudad del acueducto.

En el ocaso de 1919 llegaba Antonio Machado a Segovia, portando su maleta a la par que su torpe aliño indumentario. Tres horas antes, en Madrid, había cogido un tren, clase tercera, para trasladarse hasta la pequeña capital castellana. En ella pasará tan sólo dos años y, sin embargo, será una de las etapas más creativas de su vida. Atrás queda Soria, con el recuerdo de la muerte de su joven Leonor, y Baeza, donde penó su pérdida. El poeta de Castilla volvía a Castilla, a Segovia, ciudad de piedras milenarias, como profesor de francés.

Acueducto romano, Segovia

Acueducto romano, Segovia

«El Acueducto romano -canta una voz de mi tierra- y el querer que nos tenemos, chiquilla (vaya firmeza)» (Nuevas Canciones, 1924)

En la calle de los Desamparados vive un poeta…

Casi cien años después me propongo ir tras las huellas de Machado, haciendo el mismo trayecto: hoy un tren de alta velocidad me desplaza desde la bulliciosa estación de Chamartín hasta Segovia en veinte minutos escasos, un suspiro. Desde la ventanilla se desliza una sucesión fugaz de nubes-árboles-cielo-montañas borrosa, como un cuadro impresionista, y sin darme cuenta ya estoy en la estepa castellana, nevada y yerma. Ahora toca abrigarse; el viento corta con helados dedos de cuchillo.

Paso junto al acueducto, esa colosal obra de ingeniería que nunca deja de impresionarme, y avanzo por la calle principal hasta la plaza Mayor segoviana. Un poco más adelante de la catedral, giro a la derecha y ya estoy en su calle, la de los Desamparados. Como no podía ser de otra forma, es esta una travesía silenciosa y comprimida. Me detengo ante el número cinco, franqueado por una negra cancela, tras la que aguarda un patio cuadrado y húmedo, con olor a musgo en lugar de a limonero. Más que claustro, jardín umbrío. Una casona encantada con ciprés y banco de piedra, como si hubiera cobrado vida de uno de sus muchos poemas.

Casa - Museo de Machado

Casa Museo de Antonio Machado en Segovia

La Casa Museo de Antonio Machado en Segovia: la pensión de doña Luisa.

En esta humilde pensión de doña Luisa Torrego se instaló Antonio Machado, por la cantidad diaria de 3,50 pesetas. Accedo al interior del zaguán con sigilo, siendo consciente de que me estoy transportando atrás en el tiempo, a una época que no me pertenece. El techo bajo, las paredes ceñidas, el suelo de madera del largo corredor que cruje con mis pasos así me lo dicen.

Me detengo en la cocina, admirando la colección de antiguos utensilios y fogones, hoy apagados. ¡Quién sabe cuántos potajes y pucheros se habrán guisado entre estos muros! Recortes de periódicos de entonces cuelgan y recuerdan que aquí a Machado le tocó vivir uno de los acontecimientos históricos más emocionantes de su vida: la proclamación de la Segunda República. Él mismo fue requerido por el Ayuntamiento para izar sobre su fachada la Tricolor.

Cocina. Casa - Museo de Antonio Machado en Segovia

Cocina. Casa Museo de Antonio Machado en Segovia

Pero sigamos, que éste es sólo el umbral de bienvenida. Más adelante espera un salón frío y austero, con un transistor como toda distracción de los huéspedes, permanentes o fugaces. En las habitaciones contiguas ya no quedan resquicios de esos otros, menos célebres, si no que el paso del poeta lo impregna todo con su presencia invisible: sus cartas y fotografías, esbozos, poemas, cachitos de vida que trato de recomponer poco a poco.

Imágenes color sepia de un pasado glorioso, con la élite intelectual del país: brillante Ortega y Unamuno, quién los hubiera escuchado discutir al calor de un café… Desde la pared me observa una niña Leonor, dibujando una dulce sonrisa, poco antes de que la muerte injustamente se la arrebatara en plena juventud. En la habitación contigua aguarda la misteriosa Guiomar, musa y amor de madurez, fraguado aquí, en Segovia, soñado y añorado entre estas cuatro paredes…

«En un jardín te he soñado, alto, Guiomar, sobre el río, jardín de un tiempo cerrado con verjas de hierro frío«. (Canciones a Guiomar)

Leonor y Machado

Leonor y Machado, Casa Museo de Antonio Machado en Segovia

Celda de viajero.

Pero el corredor sigue y sigue, hasta desembocar en la habitación última de la pensión: la «celda de viajero». La cueva del ermitaño. La que vio nacer al entrañable Juan de Mairena, el «yo» filosófico de Machado, o a una bella Lola que con su voz conquistara el corazón de la mar… Aquí vivió el poeta, en esta cámara tan cenicienta y mustia como su alma. Aquí escuchó cientos de veces la monotonía de lluvia tras los cristales. Aquí me encontré con ese hombre frágil y sencillo, que desnudaba su alma en versos, versos «nostalgia de la vida buena». A aquel hombre melancólico y taciturno, siempre «buscando en sueños a Dios entre la niebla».

Fuente: lazarzuela.webcindario.com

Fuente: lazarzuela.webcindario.com

La Segovia de Machado.

Me despido de este hogar para recorrer las calles empedradas, para descubrir que también en la ciudad sigue vivo su espíritu. El Machado más comprometido en la Universidad Popular Segoviana, fundada por él y otros profesores. Idealistas que se encomendaron acercar la cultura al pueblo, sumándose a las Misiones Pedagógicas de la República, con una biblioteca circulante o proyectando películas de pueblo en pueblo, mostrando a cientos de ojos asombrados un espectáculo que jamás habían podido imaginar: esa fábrica de fantasía llamada cine.

Me acerco a la plaza Día Sanz, donde se encuentra el instituto en el que impartía francés. Pero antes una parada en el Mirador de la Canaleja, desde donde saludaba a la Mujer Muerta teñida de blanco. Allí mismo se encuentra la distinguida Casa de los Picos, en cuyo atrio dio Machado su primera conferencia. Y, como el frío aferra, voy a calentarme en el café Juan Bravo, imaginando que lo veo entre humo, presidiendo la tertulia.

La mujer muerta

La Mujer Muerta

El último viaje.

Caen las sombras y dejo la ciudad empedrada. Regreso a Madrid, como también hiciera Machado cuando por fin le ofrecieron la cátedra en la Universidad. En la ciudad de los Austrias trascurrieron los últimos años de su vida, viendo a su amada Guiomar. Fue en Madrid donde le sorprendió la guerra. Donde lloró por Federico y otras infamias, hasta un negro 1939, cuando se marchó para siempre, huyendo de la contienda, de «ese Madrid desangrándose, con plomo en las entrañas», para emprender el último de sus viajes…

«Y cuando llegue el día del último viaje, y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, me encontraréis a bordo ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de la mar»

  • La Casa Museo de Antonio Machado en Segovia se puede visitar al público.
  • Más información: Turismo de Segovia.

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Gloria
Invitado/a

Que alegría descubrir y leer este post justo hoy que estamos en Segovia. Me has teletransportado a través de tus palabras y hasta he visto a Machado por las calles empedradas 😉