Plasencia, la ciudad de la Beltraneja

Cuando se anda y se pisa el empedrado de una ciudad tan antigua como Plasencia, al menos a mí me entran ganas de preguntarle a las piedras. Sí, habéis leído bien: a sus piedras. Quiero rogarles que me cuenten todo lo que allí ha sucedido desde hace nada menos que mil años. Acariciar esas paredes, esas losas, con los ojos cerrados y que me susurren secretos de los que ya no están pero un día fueron. Que me lleven de paseo por su Historia, ellas que tanto han visto, ellas que todo lo saben…

Plasencia

Plasencia

Plasencia, lo que sus piedras me contaron…

Ha caído la noche en este norte de Extremadura, natural y frondoso. Se prenden las farolas a la par que se quedan vacías y silenciosas las travesías de la villa amurallada. En su arista sólo se percibe alguna cigüeña “haciendo gazpacho”. El murmullo de las aguas del río Jerte, que la abrazan y protegen de invasiones enemigas. O al menos eso me dicen las piedras verticales de este muro antiguo, erigidas por orden de su mismo fundador: el rey Alfonso VIII en 1186, para “agradar a Dios y a los hombres” (Ut placeat Deo et Hominibus). ¿No parece que aún se escuchan los cascos de su gallardo corcel trotando a su entrada por la Puerta del Sol?

Alfonso VIII

Alfonso VIII

Baluarte de piedras que se prolongan, se funden y confunden con las de la Catedral Vieja. Románica y austera, me mira una Santa María la Blanca del S.XIII. Templo que pronto se queda pequeño y junto a él se levantan otros muros: los de la Catedral Nueva. Corren años convulsos, de nuevos aires, navegantes intrépidos, más filósofos y menos meigas… Es la época de Enrique IV. Entonces recuerdo una de mis historias preferidas: la primera vez que supe de este monarca, con fama de impotente, fue gracias a un libro que leí en la adolescencia, “En busca del unicornio” (Juan Eslava, Premio Planeta). El viaje ficticio de un caballero a la caza de un animal mitológico que sanara los males del monarca.

Catedral Vieja de Plasencia

Catedral Vieja de Plasencia

Fue en Plasencia donde su hija Juana, apodada “la Beltraneja” se proclamó como legítima heredera. Donde casó con el rey portugués Alfonso V, su tío, que apoyó su derecho a la corona de Castilla frente a Isabel. Una guerra civil que Juana perdió, provocando su retirada y posterior conversión como religiosa en el monasterio de Coimbra. Aunque, hasta el fin de sus días, desde su exilio firmó como Yo la reina.

Juana la Beltraneja. Fuente: http://es.wikipedia.org

Juana la Beltraneja. Fuente: http://es.wikipedia.org

Piedras que padecieron el castigo de Isabel de la Católica: finalizada la guerra mandó cercenar todas las torres nobiliarias por haber respaldado a la Beltraneja. Pero además les azotó con su indiferencia, no pisando nunca el pavimento de Plasencia. Quien sí la holló fue su esposo, el rey Fernando, hospedándose en el palacete conocido como Casa de los Monroy, en la plaza de San Nicolás.

Casa de los Monroy, Plasencia

Casa de los Monroy, Plasencia

En la plaza vecina el rumor de agua que besa la fuente habla de milagros, el de un santo: San Vicente Ferrer. Estoy ante las puertas del palacio renacentista más bonito de la ciudad: el del Duque de Plasencia Don Álvaro de Zúñiga. Narran que su único hijo cayó enfermo de unas fiebres y el santo, recién canonizado, lo curó. Pero a cambio solicitó a la duquesa que construyera un convento, en el lugar que ocupara la antigua sinagoga judía.

Plaza de San Vicente Ferrer

Plaza de San Vicente Ferrer

Por tanto en este punto arranca uno de los caminos de Sefarad. La judía fue una de las comunidades más antiguas y prósperas de Plasencia, cercada por un gueto hasta su definitiva expulsión del reino. A las afueras aún se conservan restos de tumbas excavadas en la roca, en el viejo cementerio judío en el cerro del Berrocal. Su recuerdo pervive en los adoquines del suelo, a través de piedras talladas con los nombres de los que habitaron la calle de Zapatería, una de las que desemboca en la plaza Mayor.

Calle Zapatería

Calle Zapatería

Plaza que fuera el mercado al aire libre durante muchos años, hasta que fue trasladado por razones higiénicas. Cuántos comerciantes, desfiles de ganado, juglares, trileros y comediantes habrá visto pasar desde su privilegiado mirador en la Casa Consistorial el Abuelo Mayorga Torre que se quedo viuda durante la invasión francesa, ya que destruyeron la entrañable figura. Más de cien años hubo de esperar a que por fin regresara, en 1977.

Plaza Mayor

Plaza Mayor

Entonces la plaza ya no era la de antaño. Nuevos edificios de moderna arquitectura. La más popular, aquella de piedras rojizas contribución de la República, por el edil de la época para secularizar la plaza y “tapar” la iglesia. Ay, esos tiempos de ilusión perdida… Al fondo destacan los puntiagudos brazos de la Catedral Nueva. Qué pena que no haya luna para ver la hora reflejada en su fachada plateresca, hoy que esa puerta y esa plaza están de nuevo abiertas. Durante años permanecieron cerradas para cesar el abandono de niños de las familias tan numerosas y pobres que no los podían mantener…

Plaza Mayor

Plaza Mayor

Pero de eso, afortunadamente, hace mucho. Una campanada nos devuelve a este siglo y nos quedamos aquí, en la plaza. Ahora toca disfrutar Plasencia a través de su gastronomía: un vino ecológico de uva merlot acompañado de una selección de ibéricos, queso de oveja, una tapa de morros, una deliciosa torta de la Serena con confitura de frutos rojos…

Torta de la Serena

Torta de la Serena

Gozar. Comer y beber. Reír. Conversar de viajes, de cumplir sueños. Antes de que nuestro tiempo también pase y se desvanezca. Antes de que nuestra historia pase a formar parte de la Historia. Antes de que el eco de nuestros pasos se diluya en las piedras de los pasajes de Plasencia…

Plasencia

Plasencia

  • Plasencia se localiza al norte de la provincia de Cáceres, España.
  • Cómo ir a Plasencia: en tren o en coche desde Madrid por la A5 (2 horas y media).
  • Dónde alojarse en Plasencia: económico y céntrico Hotel Rincón Extremeño.
  • Más información en: Turismo Extremadura

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