Cementerios de París

Sé que el alma de París se encuentra en sus cementerios. El cuerpo, lo físico, lo palpable, se acaricia al pie de Notre-Dame, donde te contemplan desde las alturas sus gárgolas impávidas; bajo la estructura metálica y firme de la Torre Eiffel, y en las colosales avenidas interminables, que palpitan de frenesí y de vida. Sus arterias, el metro que rezuma incesante bajo sus cimientos, haciendo temblar el suelo y transportando mil y una historias en sus vagones, reflejadas en las pupilas de sus residentes.

Pero los verdaderos parisinos, los eternos, esos que han logrado perpetuarse más allá de la muerte, convergen en sus necrópolis. Esa otra ciudad dentro de la ciudad, con sus bulevares tapizados de hojas secas, sus explanadas y parterres, sus estatuas pétreas de piedra gris y solemne, escoltadas por árboles delgados y torcidos, que se desnudan ante la inminente llegada del invierno.

Cementerios de París

Es una mañana gris de otoño. Cojo el metro en Goncourt y consulto el mapa: parada Père Lachaise. Cuento los puntos azules; tengo un trasbordo. Me siento y sonrío a mis compañeros fugaces de coche: una niña de ascendencia africana, vestida de uniforme, de ojos grandes y expresión risueña, apretando con la mano su libro de gramática francesa. A la derecha, un señor serio, trajeado y absorto en el periódico cuyos titulares intuyo, intentando recordar el francés que aprendí hace unos años. Me encanta el metropolitano de París, viejo, enrevesado, tortuoso e incluso sucio y decadente en muchas estaciones. Supongo que porque soy una turista y estoy de paso. Este metro no pertenece a mi día a día de rutina cansada.

Cementerios de París: Père Lachaise.

Ya he llegado a Père Lachaise, el más notable, el más ilustre de los camposantos de la capital francesa. Los cuervos examinan mis movimientos y parece que entre ellos dialogan con su graznido lastimoso. Me siento intimidada, lo admito. Una intrusa. No les gustan los visitantes. Nosotros, los vivos, no pertenecemos a este lugar.

Cementerios de París: Père Lachaise

Cementerios de París: Père Lachaise

Aquí en Père Lachaise moran los perennes amantes, Eloísa y Abelardo, cuyo sueño romántico lo custodian varios felinos de iris rasgados, verdes e inquisidores. Tuerzo a la izquierda hasta la rúa de Molière. Felicito al padre de la comedia francesa, sigue siendo el autor más representado. Más adelante me espera la Môme Piaf. Le pregunto si es posible una vie en rose en estos tiempos que corren. No obtengo respuesta. Tumba negra la de Jim Morrison, todavía en esta urbe hay lugar para los rebeldes. Pero antes le pido perdón, señor Chopin, aún le deben de doler los oídos de cuando pretendía interpretar sus nocturnos en mi piano.

Tumba de Chopin

Reparto mis saludos y respetos asimismo a Óscar Wilde, Balzac, Bizet, Maria Callas y Bordieu, uno de los últimos inquilinos en incorporarse a esta comunidad de inmortales. Sobre su sobria lápida tirita un papel arrugado: “vive le structuralism!” Continúo con el cineasta Camus y los pintores de la luz, los dos Camille, Pissarro y Corot. Me paso por donde Mèliés y me dicen que se mudó, a una luna de cara blanca y redonda. Me he perdido y no localizo a Juan Negrín, último presidente de la República Española, me temo que inmerso en un exilio que espero que un día se acabe.

Cementerios de París: necrópolis de Montmartre.

El sol por fin se empieza asomar. ¡Cómo ha tardado en desperezarse el día! Me despido de ese parque infinito que es Père Lachaise. Estoy fatigada, pero guío mis pasos hacia al cementerio del norte, el de Montmartre, mucho más humilde y pequeño, donde residen “los otros” del barrio bohemio. El silencio me envuelve, en estas calles sólo se pasea el viento. La place du Tertre y las luces de neón del Moulin Rouge encandilan mucho más a los que se apean en Pigalle que la ciudad de mausoleos.

Cementerio de Montmartre

Cementerio de Montmartre

Me deslizo entre Degas, ¿dónde estarán hoy sus delicadas bailarinas? Los dos Foucault,  el alabado científico, y el polémico filósofo,  que ni siquiera aparece en el mapa. Como toda metrópoli, tiene sus “malditos”. La sepultura que preside un busto de Emile Zolá está vacía: se trasladó a un mejor y más céntrico barrio, al Panteón de hombres ilustres junto a Voltaire, Rousseau y otros héroes de la patria. Enhorabuena, maestro. Paso junto a Alejandro Dumas, hijo, derrochando alegría con sus rubias camelias, y otros literatos franceses cuyos nombres me son desconocidos…

Alejandro Dumas hijo

Hasta aterrizar ante Truffaut. A usted le venía yo a ver. ¿Sabe que amé el cine por su culpa? Que aprendí que hay que seguir adelante aunque la vida te golpee cuatrocientas veces… Quizá no le importe. Está harto de escuchar la misma cantinela. Qué pesados somos los de audiovisuales.

Tumba de Truffaut

Tumba de Truffaut

Cementerios de París: el Montparnasse.

De nuevo en el metropolitano, ahora dirección sur, a Montparnasse. Con emoción pienso en Julio Cortázar, uno de mis escritores preferidos, que intencionadamente he dejado para el final. Él, como yo, también amaba París, le inspiraba para sus cuentos y relatos, incluyendo estos túneles subterráneos, escenario de juegos perversos de personajes que se cruzan, encuentran y desencuentran al azar…

“Mi regla era maniáticamente simple. Si me gustaba una mujer sentada frente a mí junto a la ventanilla, si su reflejo en la ventanilla cruzaba la mirada con mi reflejo en la ventanilla, si mi sonrisa en el reflejo de la ventanilla turbaba o complacía o repelía el reflejo de la mujer en la ventanilla, entonces había juego“. (Manuscrito hallado en un bolsillo)

Julio Cortázar. Fuente: www.eluniversal.com.mx

Julio Cortázar. Fuente: www.eluniversal.com.mx

Austero Montparnasse, con muchas menos celebrities. Aprieta el frío y camino deprisa; ya casi cierran. Como es la costumbre, dejo el billete que me ha traído hasta aquí sobre la lápida de mármol, que ya forma parte del atrezzo de flores secas, poemas y hasta una rayuela en miniatura. Sin darme cuenta, estoy sonriendo; seguro que este lugar le divierte. Es noviembre y pronto retornarán a limpiar niños, adultos y abuelos. Dejarán Montparnasse impecable, como un cielo recién lavado. Como cada año, no faltarán las mangostas encargadas de devorar las hojas secas, fumigadas con esencia de serpiente, que trajeron las expediciones de reclutas que fueron a la selva, jugándose la vida. Los cementerios de París bien lo valen.

Julio Cortázar. Fuente: www.eluniversal.com.mx

Julio Cortázar. Fuente: www.eluniversal.com.mx

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@lacosmopolillamirutaesmarcandylushparisParís monumental | Desarrollo Peregrinoel Mundo Ok (@elmundook) Autores recientes
mirutaesmar
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mirutaesmar

Magnifico articulo como siempre, nos trasladas con tus palabras. Yo sentía el frio y la humedad. Gracias¡

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