Despidiendo al Sol

Atardecer en Bali

«Me encantan las puestas de sol. Vamos a ver una puesta de sol (…)

Un día, vi el sol ponerse cuarenta y tres veces. 

Sabes… Cuando se está verdaderamente triste a uno le gustan las puestas de sol…«

El principito, Saint-Exupéry

El principito, Saint-Exupéry

¿A quién no le inspira un bello atardecer?

Ese momento del día en el que el cielo se engalana de tonos rosáceos y añiles, y el sol se despide con sus últimos destellos… Si es que, en el fondo todos somos un poco románticos, y a veces, como el Principito, nos gustaría dar la vuelta al planeta y dejarnos extasiar una y otra vez…

Los atardeceres más bonitos del mundo (para mí):

1. Atardecer en Santorini, Grecia.

El sol se pone oscureciendo las aguas de la Caldera, esa mansa bahía atrapada entre los brazos de media luna de la isla griega más bella. En el norte, en Oiá, un pueblo de casas blancas y aspas de molinos que parecen precipitarse por el acantilado, se congrega una masa de curiosos dispuestos a contemplar el ocaso: hay flashes de cámaras, gritos en varios idiomas y hasta aplausos, mientras el sol se apaga lentamente en el Egeo, con las siluetas de las islas Cícladas -Íos y Chíos- al fondo. Todo un clásico en la lista de las mejores puestas de sol.

Santorini Oia

Santorini

2. Atardecer en islas Gili, Indonesia.

Al otro lado del mundo, unas horas antes, se ha puesto el sol en otra costa y otro mar: el Índico.  En esta isla diminuta, Gili Trawangan, desde su atalaya se divisan los volcanes de Bali en el horizonte, que se tragan al disco dorado mientras sube la marea, cubriendo los arrecifes de coral que la rodean. Aquí se respira una paz absoluta: sólo se oye el viento, meciendo las briznas de matorral seco, y el romper suave de las olas. El círculo rojo se desvanece y resuena el eco distante de la mezquita llamando a la oración: es hora de volver al pueblo.

Atardecer en las islas Gili, Indonesia

Atardecer en las islas Gili

3.  Atardecer en el valle Rosa, la Capadocia.

Un sendero baja de Goreme entre los caprichos arquitectónicos que ha esculpido la madre naturaleza con cincel de fuego y viento. Tras dejar atrás las Chimeneas de las Hadas y las casas de piedra, frente a mí se descubre el Valle Rosa. A la hora acordada sus colinas se encienden y sus rocas se tiñen de tonos rosáceos, justo cuando el sol poniente les regala los últimos rayos del día. Sin duda una de las mejores puestas de sol de mi vida. ¡Y al día siguiente veré amanecer volando en un globo!

Valle Rosa

Valle Rosa, la Capadocia

4. Islandia, lago Pingevill.

Del desierto de polvo al desierto de hielo. Ya es invierno en Islandia y la nieve despliega su danza componiendo un paisaje de blanco absoluto. El sol ártico se eleva en el horizonte tan sólo unos palmos, para luego descender tan tímidamente como se elevó. Desde el lago Pingevill nos despedimos del astro rey agradeciendo la breve visita: pronto su lugar lo ocupará la Luna, redonda y hermosa, dando a la nieve un brillo fantasmal y azulado.

Lago Pingevill, Islandia

Lago Pingevill, Islandia

5. Lago Constanza, Meersburg.

Nos trasladamos al sur de Alemania a un cuadro mucho más apacible, al menos respecto al clima, para disfrutar de una cálida tarde estival a la orilla del lago más grande de Europa occidental: el Bodensee o lago Constanza. En su borde se asientan preciosos y señoriales pueblos, que parecen sacados de un cuento de los hermanos Grimm, como Lindau, Meersburg o Mainau, la isla de las flores. La «Costa Azul alemana» lo llaman. Una delicia degustar una cerveza germana mientras el sol se va, escuchando el chapoteo de los patos y el entrechocar de las embarcaciones de recreo.

Lago Constanza

Lago Constanza

6. Atardecer en Assilah, Marruecos.

Más al sur, en otro continente, también toca despedir el fin de la jornada. En el muelle de la medina amurallada, de casas blancas y azules, se congregan los habitantes y turistas que merodean las callejas de Assilah a sentarse un rato, charlar y comer frutos secos que han comprado en los puestecitos. Se oyen las risas de los niños, alguna melodía en árabe y el crujir de las pipas todo en uno, casi a ritmo de baile. Un cielo límpido, salpicado de gaviotas, se funde con el océano que se va quedando en calma y oscuro. ¡Hora de un té con menta!

assilah

Assilah

7. Playa de Ipanema, Río de Janeiro.

Al otro lado del Atlántico ya se ido el día, dejando una postal veraniega en la siempre animada playa de Río de Janeiro, Ipanema. Un refrescante chapuzón en sus aguas concurridas, entre surferos, bañistas, sorprendentes esculturas de arena que cobran vida y vendedores de dulce tapioca. Detrás, desde las alturas, nos observa el Cristo del Corcovado con sus brazos extendidos. El Pan de Azúcar y los morros verdes, tapizados de selva, bordean esta playa famosa en el mundo entero, de la que parece que el sol dice adiós tarareando esa linda canción… Mira que cosa tan linda

Ipanema

Ipanema

8. Península de Nicoya, Costa Rica.

Y del Atlántico al Pacífico, a vivir una puesta de sol sobre el gran océano del Planeta Azul. El agua es cálida y transparente, de arena blanca y finísima, donde por la noche las tortugas entierran sus huevos al abrigo de la oscuridad y la selva virgen. Los monos cara – blanca observan desde la frondosidad de las palmeras: ellos también esperan a que se acabe el día para reclamar su legado. Aquí sólo somos malditos forasteros. Esto es un paraíso llamado Costa Rica.

Tamarindo

Tamarindo

9. Estambul desde el Bósforo.

En la encrucijada de dos aguas, donde se entremezclan las del Mediterráneo y el Mar Negro, los minaretes de las mezquitas que recitan el Corán se van tornando borrosos con la bruma. El sol cayendo va desdibujando las siluetas de las cúpulas de Santa Sofía, la Mezquita Azul y el Palacio Topkapi, mientras me alejo en barco cruzando el estrecho del Bósforo.

Las mejores puestas de sol: Estambul

Las mejores puestas de sol: Estambul

10. Atardecer en el Mirador de San Nicolás, Granada.

Cae la tarde en la ciudad de la Alhambra. Camino por el Paseo de los Tristes, entre sus tiendas de artesanía y el frescor del río Darro, a la sombra de los Palacios Nazaríes. No hay nada que me inspire más que subir las cuestas del Albaycín, laberinto de cármenes de cipreses, hasta el mirador de San Nicolás y deleitarme con la vista, escuchando el rasgar de alguna guitarra, en una humilde interpretación de un cante jondo. 

San Nicolás

San Nicolás

Otras puestas de sol espectaculares que he presenciado y he tenido mi debacle a la hora de incluirlos o no en el top ten son: en el Pamukkale, la montaña blanca: una insuperable puesta de sol mientras me bañaba en las piscinas de travertino; en la ciudad del Arte, Florencia: contemplando cómo se encienden las casitas del Puente Vechio sobre el río Arno; o el atardecer sobre el río Moldava, junto a las estatuas góticas que vigilan el Puente Karluv de Praga

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cosmopolillaMarina Cuatroabordo@lacosmopolillaipaeloEl Caldero de Nimue Autores recientes
Marina Cuatroabordo
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Preciosos todos, es un espectáculo que intento no perderme allá dónde esté.
Yo siempre llevo dos conmigo: Pochomil en Nicaragua y la Albufera en Valencia. Un saludo. Marina Cuatroabordo

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