Anaga, la Selva de Laurisilva de Tenerife

Anaga, el bosque de Laurisilva de Tenerife

Hace 20 millones de años, en la Era Terciaria, la Laurisilva cubría del Atlántico al mar Caspio. El bosque de Anaga es un reducto que sobrevivió a la última glaciación. Una joya ecológica.

Hay lugares en el mundo donde te habla la Madre Tierra. Anaga, el bosque de Laurisilva de Tenerife, es uno de ellos. Si prestas atención y guardas silencio podrás escuchar su susurro entre las hojas de las Sabinas; el viento fresco bajando desde los picachos verticales, antiguos volcanes furiosos; el arrullo de las palomas salvajes y otras especies endémicas que habitan este parque Reserva de la Biosfera. Cuidado por donde pisas: esta es una de las selvas más antiguas del mundo. Un ente vivo, con alma y corazón.

Anaga, el bosque de Laurisilva

Anaga, el bosque de Laurisilva

Senderismo por Anaga, el bosque de Laurisilva. 

La mañana es soleada en la plaza de España de Santa Cruz de Tenerife. Huele a alegría, a reencuentros. Apenas he dormido, la noche anterior despedí al sol sobre un mar de nubes, a más de tres mil metros de altura, desde el gigante del Teide. Poco a poco, fui testigo de un espectáculo cósmico cuyo escenario privilegiado es uno de los mejores de todo el planeta. Destellos de luz azul iban surgiendo sobre mi cabeza en un cielo nítido. Qué importa perder horas de sueño si es para bailar entre las estrellas…

Atardecer en el Teide

Atardecer en el Teide

Y así, cansada pero feliz me subo a la guagua (cómo me gusta esa palabra, cada vez que la oigo no puedo evitar sonreír) con varios amigos blogueros en dirección al parque de Anaga. Un macizo de montañas rocosas y afiladas como cuchillos que muere en la costa nordeste de la isla. Es dejar la ciudad atrás y comenzar a subir por una sinuosa carretera de onduladas curvas. Ya lo indica su nombre: la del “Bailadero”. En el horizonte brilla el mar azul y se desdibuja entre la bruma la silueta de la isla vecina y hermana, Gran Canaria.

Anaga, valle de Taganana

Anaga, valle de Taganana

La ruta comienza en el Albergue de Anaga y trascurre a través de este bosque de fábula por el valle de Taganana hasta el mismo pueblo. Una pequeña villa de apenas cincuenta vecinos, aislada, rodeada de dragos y palmeras. Frente mí se cierra el sendero, estrecho y frondoso. Ahora toca sumergirse en esa densa masa arbórea. Dejar que el bosque me abrace y me cuente las historias de este rincón subtropical acariciado por la humedad de los alisios, que consiguió no morir congelado en la última glaciación.

Helechos, bosque de Anaga

Laurisilva en las cumbres. Vegetación prima hermana del laurel que se apretuja y se concentra formando una bellísima obra de arte de la naturaleza. Dragos en las medianías. Ese árbol sagrado, emblema canario, cuya savia dicen que es roja como la sangre. Cuenta la leyenda que tras sus cortezas se escondían los guanches, que pastoreaban estas laderas cuando los conquistadores de Europa arribaron a las playas negras de arena volcánica.

Drago, Parque Rural de Anaga

Drago, Parque Rural de Anaga

Anaga es uno de esos entornos en los que el ser humano se reencuentra y reconcilia con la naturaleza. 

Un paraje de otra época, en nuestro tiempo.

Bosque de Anaga, Tenerife

Bosque de Anaga, Tenerife

El sendero se estrecha y se empina. Camino hasta el mirador, donde se abre el valle. Estoy a la misma altura que las nubes, si estiro la mano casi puedo tocarlas… ¡Qué belleza! Los barrancos color esmeralda. Las laderas de cultivo. Al fondo, el roque de Benijo promete una de esas playas de postal que aún no he descubierto, y espero hacerlo en mi próxima visita a Tenerife. Si no me falla la memoria, será la quinta. Pero no la última.

Mirador de Anaga

Después de la subida por la zona bautizada como Monteverde sigue la bajada, siempre disfrutando del camino, observando la vegetación que me recuerda a los bosques del Atlántico ubicados mucho más al norte: altas plantas de helechos que reverdecen en la umbría, almácigos, tejos … Cubiertos de musgo. Flores de tonos rojos llamada “Cresta de Gallo” o la Gomereta, que a mí se me antoja como una rosa verde de pétalos rígidos. Sin embargo los habitantes de esta selva -insectos, lagartos, aves cantoras- permanecen en un discreto segundo plano, esperando a que desaparezcan los forasteros. El valor del bosque de Anaga reside en la variedad y cantidad de especies endémicas, únicas en el mundo debido a su antigüedad y aislamiento.

La Gomereta, flora de Anaga

La Gomereta, flora de Anaga

Paso tras paso, avanzamos por el sendero de tierra. Este es un bosque de cuento. No me causaría extrañeza observar a un hada o un duende vagando por aquí. Realmente siento que me he trasladado a un lugar de fantasía, sólo posible en los relatos infantiles. Y esta tenebrosa, llamada la Cueva de los Muertos, es el escondrijo de algún malvado hechicero. Pero en realidad, era donde se guardaba a los fallecidos para que se conservaran “frescos” en el largo camino de Taganana a la Laguna.

Cueva de los Muertos, Anaga

Cueva de los Muertos, Anaga

Tras el bosque, un paisaje rural modelado por la mano del hombre desde hace siglos. Fincas de uva de malvasía que empezará a transformarse en vino al final del otoño. Siempre escuché que la tierra volcánica era muy fértil y debe ser por ello que el vino de esta zona me sabe a oro líquido. Patatas, millo… Campesinos cosechando. Un perro ladra. Bienvenida de nuevo a la “civilización”.

Taganana, Parque rural de Anaga

Taganana, Parque rural de Anaga

Por fin, estamos en Taganana, de callecitas encaladas, geranios, fuentes y una pequeña iglesia. Silencioso, permanece sumido en un apacible sosiego. Pueblo de maestros azucareros que vinieron desde Madeira en el S.XVI, su barrio más viejo es el de los Portugueses.

Taganana

Vuelta la mirada atrás antes de subir de nuevo a la guagua, a las montañas verdes. Hemos gastado toda la mañana pateando Anaga, el bosque de laurisilva de Tenerife. Un tesoro que hay que amar, cuidar y respetar.

El bosque encantado de Anaga

Anaga, el bosque de laurisilva de Tenerife

“Llévate sólo los recuerdos. Deja sólo tus huellas”. Jeffe Seattle

2 Comentarios

  1. Responder

    Irene

    19 Julio, 2017

    ¡Precioso recorrido!

    Anaga es sencillamente una pasada. Una pena que no se conozca más. A mí me dejó bastante pasada jeje además de esta parte de bosque de Laurisilva, los acantilados de la costa son increíblemente bonitos. Y en los dos lados apenas había turistas y pude sentir que llegaba a su esencia. Te recomiendo también La Gomera, de corte muy similar y arrebatadora! para repetir 🙂

    saludotes,

    Ire

    • Responder

      cosmopolilla

      19 Julio, 2017

      Gracias, Irene. Le tengo muchas ganas al Hierro y La Gomera, con esa naturaleza de montaña, bosque y mar no hay quien se resista a Canarias 🙂 besitos

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